Nuestro mundo, lugar impredecible, hogar de cada ser humano que ha existido desde la creación, ha visto el nacimiento y la desaparición de cientos de lugares, civilizaciones, especies, imperios y reyes. Ha sobrevivido a innumerables desastres naturales, guerras y plagas. Este lugar que llamamos hogar, que gira a una velocidad vertiginosa, donde las certezas de …
Nuestro mundo, lugar impredecible, hogar de cada ser humano que ha existido desde la creación, ha visto el nacimiento y la desaparición de cientos de lugares, civilizaciones, especies, imperios y reyes. Ha sobrevivido a innumerables desastres naturales, guerras y plagas. Este lugar que llamamos hogar, que gira a una velocidad vertiginosa, donde las certezas de ayer se desvanecen con el sol del atardecer, es el principal testigo de una verdad inmutable: dentro de él, nada es seguro.
Sí, vivimos en una era de incertidumbre constante. El trabajo que parece estable puede evaporarse de un día para otro; la salud, ese bien tan frágil, puede cambiar de manera repentina; las relaciones humanas o personales, tan preciadas, a menudo se resquebrajan por malentendidos, distancias o cambios de corazón. Incluso las estructuras sociales y culturales que nos rodean parecen tambalearse todo el tiempo, donde valores que antes eran pilares ahora se cuestionan, y lo que era “normal” ayer hoy resulta obsoleto o extraño.
En este torbellino de constantes e infinitos acontecimientos, es fácil sentirnos a la deriva, ansiosos y desesperados por aferrarnos a algo que no se mueva, que no cambie, o que al menos lo haga de manera gentil. Sin embargo, sabemos y conocemos el mundo en el que vivimos y cómo todo puede cambiar en solo algunos minutos. Aun así, pocas veces tomamos un momento o un respiro para preguntarnos: ¿en qué hemos puesto nuestra seguridad? ¿Quizás en el dinero, que se devalúa? ¿En las personas, que fallan? ¿O tal vez en nosotros mismos, con nuestras propias limitaciones?
Cuando tenemos el valor de respondernos estas preguntas, la mayor parte de las veces nos damos cuenta de que hemos edificado nuestra vida sobre arena movediza. Una y otra vez confiamos en nuestra carrera profesional, pensando que el éxito laboral nos dará paz; en los ahorros, como si el dinero pudiera blindarnos contra el dolor; o en relaciones románticas o familiares, idealizándolas como fuente última de felicidad. Pero cuando estas cosas fallan, como inevitablemente lo hacen, el colapso dentro de cada uno de nosotros es devastador. Literalmente, es como la casa edificada sobre la arena: parece sólida en los días soleados, pero las tormentas revelan su fragilidad.
Cuando tenemos el valor de respondernos estas preguntas, la mayor parte de las veces nos damos cuenta de que hemos edificado nuestra vida sobre arena movediza.
Es en este momento donde la Palabra nos confronta directamente. En Mateo 7:24–25 dice: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca”.
Quien habla en este pasaje es Jesús, concluyendo el Sermón del Monte con una imagen poderosa: dos constructores, dos fundamentos, dos resultados. El sabio edifica sobre la roca y el necio sobre la arena, pero cuando llegan las tormentas, la casa sobre la roca permanece firme y la otra se derrumba con gran estruendo.
Esta parábola no es una antigua metáfora ideológica; es una invitación a examinar los cimientos y fundamentos de nuestra existencia. Las “tormentas” representan las crisis inevitables de la vida: pérdidas, fracasos, dudas o sufrimientos que todos enfrentamos, creamos o no en Jesús. Los resultados y las consecuencias de estas crisis radican en el fundamento sobre el cual hemos construido.

Ahora bien, construir sobre la roca implica un cambio radical. Significa no solo oír las palabras de Jesús o simplemente admirar su enseñanza, sino internalizarla y practicarla. Para ello requerimos obediencia, humildad y fe: obediencia para seguir sus pasos y caminos, aun cuando no los entendamos en el momento; humildad para reconocer que nuestras propias fundaciones y las que ofrece el mundo son insuficientes para mantenernos firmes durante las tempestades; y fe, no menos importante, para transferir nuestra confianza a Él.
Jesús no nos ofrece una vida libre de esfuerzos, pero promete que su yugo es fácil y ligera su carga. Tampoco ofrece una vida libre de angustias y aflicciones, pero promete librarnos de ellas, porque Él ya venció al mundo. Mucho menos promete riquezas o bienes materiales, pero sí promete vida eterna, salvación, paz y perdón; es decir, una vida verdaderamente plena.
Así que, por un momento, imagina cómo sería tu vida si vivieras sobre este fundamento inquebrantable. Imagina una paz que trasciende las circunstancias. Sería una vida de libertad, plena, libre del temor al futuro, no porque creamos que todo estará bien, sino porque nuestra fe se fundamenta en su soberanía. Seríamos libres de la amargura porque su justicia prevalece, libres para amar sin reservas porque su amor nos abraza y nos sostiene. Sería, simplemente, una vida de descanso profundo, porque aun sabiendo que todo se mueve y cambia, Él permanece.
Por eso, querido hermano lector, evalúa hoy tus cimientos. ¿Estás sobre arena o sobre la roca eterna? Traslada tu seguridad a Cristo y te convertirás en testigo de que su amor no fluctúa con nuestras fallas, su gracia no se agota con nuestros errores y su poder no disminuye ante nuestras crisis ni ante las del mundo, porque Él es inmutable, el mismo ayer, hoy y por siempre.
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