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Más que religión: una relación que sostiene

Imagina que tienes a alguien muy famoso en redes sociales: has visto cientos de sus fotos, has leído sus publicaciones, conoces sus opiniones políticas, su comida favorita, los lugares donde viaja e incluso podrías responder preguntas en un concurso sobre su vida. Sin embargo, nunca has hablado con él, nunca has estado en su casa, …

Imagina que tienes a alguien muy famoso en redes sociales: has visto cientos de sus fotos, has leído sus publicaciones, conoces sus opiniones políticas, su comida favorita, los lugares donde viaja e incluso podrías responder preguntas en un concurso sobre su vida. Sin embargo, nunca has hablado con él, nunca has estado en su casa, nunca has compartido un café en silencio, nunca le has contado tu mejor o peor día, ni has llorado o reído delante de él. Ante este panorama, ¿podrías decir que lo conoces realmente?

La respuesta es simple: ¡no! Puede que conozcas sobre él, pero no lo conoces a él.

Esto es exactamente lo que ocurre a millones de personas con Jesús. Hemos oído hablar de Él desde pequeños: en la escuela dominical, en misas, en canciones de Navidad, en películas, en frases motivacionales dentro de todas las redes sociales. Todo el mundo sabe que nació en Belén, que multiplicó panes, que murió en una cruz y resucitó; incluso pueden recitar el Padre Nuestro. Pero… ¿le conocemos personalmente? ¿Hemos experimentado esa unión íntima con Jesús?

La verdad es que muchos solo se contentan y se conforman con el “saber sobre”. Asisten, cumplen, recitan, donan, no hacen ciertas cosas y hacen algunas otras. Sin embargo, la relación que Jesús busca y propone va mucho más allá de esa “lista” de actividades que hacemos casi de memoria y, a veces, por inercia. Por el contrario, es una dependencia orgánica y vital, como la que existe entre la vid y el pámpano.

La Palabra, en el libro de Juan, dice:

“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”.

Juan 15:4–5

Ahora bien, presta atención a la frase final: “separados de mí nada podéis hacer”. No dice “poco”, no dice “casi”, no dice “al menos”; literalmente dice “nada”, cero. Es incluso tajante: sin conexión vital con Cristo no hay fruto, no hay transformación genuina y no hay vida espiritual auténtica.

Jesús no eligió esta parábola por coincidencia. Él hablaba a personas que vivían en un contexto rural, donde la viña era sinónimo de fuente de vida, economía y supervivencia, y donde era fácil entender que un pámpano separado de la vid no es solo menos productivo, sino que además se seca; o sea, se muere.

Esto destroza muchas ilusiones antiguas y modernas, ya que estamos convencidos de que con buena voluntad, disciplina, inteligencia emocional, terapia, hábitos saludables y un poco de espiritualidad genérica ya “estamos bien”, que somos productivos y que los frutos se nos caen de los bolsillos. Cuando la verdad es que el fruto del que habla Jesús no es solo “hacer cosas buenas”; es el carácter de Cristo manifestándose en nosotros a través de su fruto: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22–23).

Esto quiere decir que es una vida que refleja a Dios y le glorifica, y eso solo ocurre cuando la savia de la vid fluye a través del pámpano.

Un ejemplo práctico, basado en la Palabra, es cuando Jesús describió a los fariseos: ayunaban dos veces por semana, diezmaban hasta la menta y el comino, pero eran sepulcros blanqueados (Mateo 23). Hacían una religión impecable (e implacable), pero sin vida interior, sin unión real con Dios. Sabían sobre Él, pero no le conocían, hasta el punto de que caminaba entre ellos y no fueron capaces de reconocerlo.

Aún hoy sucede lo mismo. Existen personas que nunca faltan a la iglesia, conocen todas las alabanzas y dirigen ministerios, pero su vida privada está llena de amargura, pornografía, resentimiento, ansiedad, depresión y falta de amor genuino.

…una vida que refleja a Dios y le glorifica, y eso solo ocurre cuando la savia de la vid fluye a través del pámpano.

Sin embargo, la relación que sostiene no se mide por cuántas veces vas al templo, sino por momentos como cuando estás solo en tu habitación, a medianoche, sin poder dormir, y todo tu ser dice: “Señor, sin ti no puedo, quédate conmigo”. Aquí está la belleza de conocerlo a Él: cuando permanecemos, Él no solo nos sostiene, sino que nos transforma desde dentro.

He visto esto en la vida real: personas que antes eran iracundas y ahora responden con una mansedumbre inexplicable; matrimonios al borde del divorcio que, al volver a conectar con Cristo, descubren un amor que no sabían que tenían; adultos y jóvenes atrapados en adicciones que, sin fuerza de voluntad, simplemente pierden el deseo por aquello que los condenaba, solo por acercarse y probar un poco del agua de vida.

Tal vez hoy estés cansado de la religión, y te entiendo. Quizás sientas que tu fe en este momento luce más como un “checklist” que como una relación viva e íntima, o a lo mejor hayas intentado “ser mejor cristiano” y solo has conseguido más culpa y agotamiento. Si ese es el caso, escucha la invitación de Jesús, que te pide solo que regreses a la fuente de vida.

Hermano, deja de intentar producir fruto por ti mismo (es imposible) y reconoce tu absoluta necesidad de Él. Pasa tiempo real con Él, no como obligación, sino como el oxígeno que necesitas para seguir vivo.

Ciertamente, puede que parezca incluso una orden; sí, pero en realidad es una promesa. Porque cuando permanecemos, Él promete permanecer en nosotros, y cuando Él permanece en nosotros, todo cambia.

Hoy, cierra los ojos un momento. Olvídate de las listas, de las culpas y de las apariencias, y solo dile: “Jesús, quiero conocerte a ti, no solo saber sobre ti. Quiero que tu vida fluya en la mía. Ayúdame a permanecer, enséñame cómo, sosténme y transfórmame desde adentro”.

Y quédate ahí, en silencio, en su presencia, porque más que religión, Él ofrece una relación que sostiene. Y esa relación no solo te mantiene vivo; te hace dar fruto eterno.

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Alejandro Prieto

Alejandro Prieto

Alejandro Prieto forma parte de nuestro equipo de liderazgo y sirve como responsable del área de Primera Impresión, donde junto a su equipo crea un ambiente acogedor y organizado para que cada persona se sienta bienvenida desde el primer momento. Además, dirige el grupo de Hombres Forjados, un ministerio enfocado en formar hombres con identidad, carácter y propósito en Cristo, comprometidos con su familia, su iglesia y su llamado.

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