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decidir soltar el control

Decidir soltar el control es, quizás, una de las decisiones más liberadoras y, al mismo tiempo, más difíciles que un ser humano puede tomar. Lo escuchamos en todo lugar, todo el tiempo y de diferentes maneras, sin saber el significado real que eso conlleva. Por eso es común encontrar frases como: “déjaselo al universo”, “no …

Decidir soltar el control es, quizás, una de las decisiones más liberadoras y, al mismo tiempo, más difíciles que un ser humano puede tomar. Lo escuchamos en todo lugar, todo el tiempo y de diferentes maneras, sin saber el significado real que eso conlleva. Por eso es común encontrar frases como: “déjaselo al universo”, “no te aferres a energías negativas”, “déjalo ir y algo mejor vendrá a ti”, entre otras tantas que, a priori, parecen ser frases inspiradoras y con sentido. Sin embargo, todas esconden algo en común: en realidad son falsas expresiones que ocultan el deseo de que se haga mi voluntad de acuerdo con la acción que yo escoja.

Soltar el control no se trata de un abandono pasivo ni de una rendición derrotista; por el contrario, es un acto consciente, valiente y profundamente espiritual. Implica reconocer que, aunque tengamos inteligencia, experiencia, planes y buenas intenciones, nuestra visión es limitada, parcial y a menudo sesgada por el miedo, el orgullo o el deseo de seguridad inmediata.

Desde niños aprendemos que el éxito depende de planificar bien, anticipar riesgos y tener un plan B, C y D, donde soltar parece irresponsable y casi pecaminoso. Sin embargo, descubriremos que dentro de la Palabra hay una invitación a confrontar una verdad incómoda: cuanto más nos aferramos a nuestro control, más frágil se vuelve nuestra paz.

Piensa en lo cotidiano. Por ejemplo: planeas una conversación importante y ensayas cada frase para que salga “perfecta”. Ten en cuenta que prepararse es bueno. Pero cuando te obsesionas con el resultado, eso es control. Ahora imagina que vas a una entrevista de trabajo y repasas respuestas una y otra vez, imaginando todos los escenarios posibles. Una vez más, la preparación es sabia, pero la ansiedad por dominar lo impredecible es control disfrazado de diligencia.

Ahora digamos que eres cristiano y decides ayunar o dedicar tiempo a la oración, pero en el fondo esperas que Dios responda exactamente como lo imaginaste, en el plazo que te fijaste y con la solución que ya tenías en mente. Eso es control. Y cuando no sucede así, la decepción no viene solo de la espera, sino de sentir que algo “falló”, que el guion que habíamos escrito no se cumplió. O peor aún, piensas o sientes que Dios te ha abandonado.

Soltar el control no significa dejar de actuar, de planificar o de ser responsable.

Por eso es necesario que lo veamos de una manera diferente, de una forma más ligera y llevadera. Soltar el control no significa dejar de actuar, de planificar o de ser responsable. Significa reconocer que nuestros planes son borradores, no el guion final, donde Dios es el autor y nosotros somos coautores invitados a colaborar, pero nunca los directores absolutos.

Un ejemplo maravilloso que ilustra lo que describimos en el párrafo anterior es Jesús, quien lo vivió hasta el extremo en Getsemaní: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Aquí podemos ver que Él tenía plena conciencia del sufrimiento que venía. Sin embargo, entregó el control final al Padre, no porque no tuviera poder, sino porque confiaba en que la voluntad del Padre era infinitamente mejor que la suya propia, incluso cuando esa voluntad pasaba por la cruz.

Muchos creemos en Jesús: lo invocamos, cantamos sobre Él, leemos y estudiamos sus enseñanzas, incluso defendemos su nombre. Pero cuando de confiar plenamente se trata, ya es otra cosa. Porque creer es asentir con la mente, pero confiar es soltar las riendas de todo, aun con las manos temblorosas. En lo más profundo de nuestro ser sabemos que soltar el control duele, porque hemos construido buena parte de nuestra identidad alrededor de la idea de que “si yo no controlo, todo se desmorona”.

La Palabra, en Proverbios 3:5, lo expresa con claridad: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia”. Aquí se nos da a entender que fiarse implica apoyarse con todo el peso, reclinarse completamente, como cuando te dejas caer hacia atrás sabiendo que hay alguien que te sostendrá. No es un “confía un poquito” o “confía cuando todo tenga sentido”. Fiarse es confiar de todo corazón, desde el centro de las emociones, la voluntad y la mente, pero al mismo tiempo renunciar activamente a apoyarse en nuestra propia prudencia, en esa capacidad de discernir, calcular y prever que tanto valoramos.

Cuando nos resistimos a soltar, el corazón se llena de estrés crónico. Vivimos en tensión permanente, revisando el pasado: “¿y si hubiera hecho otra cosa?”, controlando el presente: “todo tiene que salir como lo planeé”, y anticipando el futuro con ansiedad: “¿y si pasa lo peor?”. Ese estado mental agota el alma.

El control promete una aparente seguridad, pero en realidad es un esclavizador profesional. Cuanto más intentamos controlar todo, más cosas se nos escapan y más ansiosos nos volvemos. Por otro lado, la confianza nos libera. Nos permite descansar aunque las circunstancias griten caos; nos permite amar sin manipular, servir sin esperar devolución inmediata, esperar sin desesperar y ser vulnerables sin sentirnos amenazados, porque nuestra identidad ya no depende de que “todo salga bien”, sino de que pertenecemos a alguien que nunca falla.

Jesús invitó a esa libertad con estas palabras:

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros… porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28–30).

Al final, soltar el control es el camino hacia la verdadera libertad. Es dejar de ser dioses de nuestras propias vidas para ser hijos amados del Dios vivo. Es renunciar a la ilusión de que controlándolo todo estaremos seguros, para abrazar la realidad de que en Sus manos estamos infinitamente más seguros.

Porque, al final, no necesitamos controlar el mundo. Solo necesitamos confiar en nuestro Padre, que ya lo controla todo.

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Alejandro Prieto

Alejandro Prieto

Alejandro Prieto forma parte de nuestro equipo de liderazgo y sirve como responsable del área de Primera Impresión, donde junto a su equipo crea un ambiente acogedor y organizado para que cada persona se sienta bienvenida desde el primer momento. Además, dirige el grupo de Hombres Forjados, un ministerio enfocado en formar hombres con identidad, carácter y propósito en Cristo, comprometidos con su familia, su iglesia y su llamado.

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