Hace algunos días, escribíamos sobre la importancia de construir sobre la roca y comentábamos que muchas veces nuestros castillos se desmoronaban porque construíamos sobre arena movediza, dejando claro que lo primordial, en cualquier construcción o edificación, es su fundación. Hacemos este recordatorio, pues a partir de esa fundación nos toca reconstruir todo aquello que se …
Hace algunos días, escribíamos sobre la importancia de construir sobre la roca y comentábamos que muchas veces nuestros castillos se desmoronaban porque construíamos sobre arena movediza, dejando claro que lo primordial, en cualquier construcción o edificación, es su fundación.
Hacemos este recordatorio, pues a partir de esa fundación nos toca reconstruir todo aquello que se derrumbó; sin embargo, lo siguiente a este paso, y hablando en términos literales de construcción, son las columnas y vigas de carga que sostendrán el resto de la estructura. Luego de este paso se levantarán las paredes y, posterior a esto, vendrá el acabado, la pintura, los detalles que hacen más agradable a la vista tu nuevo castillo.
Así mismo sucede en nuestras vidas. Muchas personas sienten que su vida necesita un “reinicio” o una “reconstrucción”; sin embargo, así como con las estructuras de la construcción, esta debe ser desde la fundación o cimientos. Es por esto que, en esta oportunidad, lo haremos como Jesús nos invita a hacerlo, confiándole a Él nuestras áreas rotas y comenzando de nuevo sobre Él.
La Palabra dice en 2 Corintios 5:1: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. Este versículo no es una frase motivacional para pegar en la pared, es una declaración conmovedora sobre lo que Dios dice que es posible con una persona. No habla de mejorar lo viejo, habla de terminar con lo viejo y comenzar algo que pertenece a un orden completamente nuevo.
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.
2 Corintios 5:1
Ahora bien, lo entendamos o no, vivimos en una época obsesionada con el reinicio: resetear la computadora o el celular cuando se pone lento, cambiar de trabajo cuando el actual ya no motiva, mudarse de ciudad buscando un nuevo comienzo, terminar una relación para empezar de cero. Incluso hay quienes, literalmente, borran sus redes sociales y reaparecen con otro nombre.
Todos queremos reiniciar, pero casi siempre lo intentamos con las mismas herramientas: más fuerza de voluntad, establecemos nuevos propósitos de año, rutinas más estrictas, terapia más profunda, una nueva pareja, un nuevo país, una nueva iglesia, una nueva versión de nosotros mismos que ya aprendió la lección. Y, sin embargo, la mayoría termina descubriendo algo doloroso pero cierto: no basta con cambiar el entorno si el constructor sigue siendo el mismo.
Por otro lado, el problema no está principalmente en la casa que construimos, sino en el fundamento sobre el que la levantamos. Ese fundamento, en muchos casos, es una mezcla inestable de lo que otros esperan de mí, lo que yo creo que merezco, el miedo a no ser suficiente, la necesidad de controlar el futuro, la herida que nunca dejé que Dios tocara o la autoimagen que defiendo a muerte aunque me esté matando. Y es que, con ese tipo de materiales, no importa cuántas veces reconstruyas, tarde o temprano la estructura vuelve a agrietarse en los mismos lugares.
“…No basta con cambiar el entorno si el constructor sigue siendo el mismo.”
Es por esto que la Palabra es clara: “Las cosas viejas pasaron”. No se mejoraron, no se maquillaron, no se aceptaron como son; estas pasaron, murieron, fueron sepultadas. Y lo que surge de esos escombros no es una versión 2.0 del mismo ser humano esforzado, sino una nueva creación. Así es la obra de Cristo en una persona: no arregla, crea.
El detalle es que hay muchas zonas de la vida a las que nos aferramos desesperadamente. Abrazamos los viejos cimientos, no queremos dejar nuestra zona de control, seguimos queriendo escribir y saber cómo va a terminar la historia, nos autojustificamos, necesitamos tener la razón más que tener la paz, seguimos hurgando en las heridas profundas, decimos “ya perdoné”, pero el recuerdo sigue doliendo como el primer día.
Hermano, la nueva creación no borra la memoria, pero cambia la autoridad de esa memoria sobre nosotros. Precisamente porque estas áreas son las más dolorosas, son las que más necesitamos entregar, no para que Dios las arregle, sino para que las deje morir y haga nacer algo nuevo en su lugar.
Es por eso que hoy te hago una invitación especial: si hoy sientes que tu vida necesita un reinicio, no te ofrezco una lista de pasos infalibles ni un manual de éxito. Solo tienes que estar dispuesto a entregar permiso total para demoler no solo las cosas que ya odias de ti, sino también las que todavía amas, las que te dan seguridad y también las que te definen. A cambio, Jesús no te promete una versión mejorada de tu antiguo yo; te promete algo mucho más grande: un comienzo completamente nuevo, donde el arquitecto, el fundamento y el propósito final no serás tú, sino Cristo.
¿Estás dispuesto a dejar que Jesús no solo remiende tu vida, sino que la reconstruya desde los cimientos, esta vez sobre Él? Porque cuando el fundamento es Cristo, no solo resistimos las tormentas, sino que las tormentas se convierten en testimonio de que esta nueva casa nunca volverá a caerse.
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