Imagina que estamos sentados en un parque o en la sala de tu casa, con un café en la mano, y te digo esto: sabes, la vida tiene una manera muy particular de ponernos a prueba. De repente todo va bien, o al menos parece que va bien, y de pronto llega algo que nos …
Imagina que estamos sentados en un parque o en la sala de tu casa, con un café en la mano, y te digo esto: sabes, la vida tiene una manera muy particular de ponernos a prueba. De repente todo va bien, o al menos parece que va bien, y de pronto llega algo que nos sacude, nos hace estremecer o simplemente rompe con nuestra paz: una mala noticia del doctor, el trabajo que se esfuma, una relación que se rompe en mil pedazos, o simplemente ese peso en el pecho que no se va, aunque no haya nada “grave” visible.
Normalmente, en ese momento lo primero que sale de nuestro corazón son los mismos sentimientos y preguntas una y otra vez: rabia, ira, impotencia, frustración, desespero, desorientación, seguido del “¿por qué a mí?”, “¿qué hice mal?”, “¿dónde estás, Dios?”. Sin embargo, con el tiempo, y mirando hacia atrás, muchas veces nos damos cuenta de que esas tormentas, esos desiertos, esas pruebas, no vinieron para acabar con nosotros; vinieron para mostrarnos algo que no queríamos ver, y una de esas cosas es cuestionarnos en qué estábamos apoyándonos de verdad.
“…muchas veces nos damos cuenta de que esas tormentas, esos desiertos, esas pruebas, no vinieron para acabar con nosotros; vinieron para mostrarnos algo que no queríamos ver…”
Puede parecer que no, pero todos tenemos nuestras “rocas” secretas, no muy firmes por cierto. Puede ser el dinero en el banco, la buena salud, que la gente me quiera y me apruebe, tener éxito en lo que hago, que mis hijos estén bien, que mi pareja no me falle nunca y quizás algunas otras, que mientras están en su lugar y sin mayores cambios, nos permiten sentirnos seguros. Ahora bien, cuando una sola de ellas se tambalea o se cae, el pánico aparece, y es aquí donde está la pregunta más honesta que podemos hacernos: ¿en qué estaba confiando realmente?
Dentro de la Palabra, David, en el Salmo 62:2, lo dice con una claridad que duele un poco: “Él solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré”. Lo repite una y otra vez, como si se lo estuviera recordando a sí mismo en voz alta. Primero dice: “no resbalaré mucho”, como admitiendo que sí puede tambalear, así sea un poquito. Luego, más adelante, en el versículo 6, ya no usa el “mucho” y simplemente declara: “no resbalaré”. Es decir, algo cambió en él mientras pasaba la prueba. No fue que la tormenta se calmó de golpe, fue que dejó de mirar las olas y volvió su mirada a la roca.
“Él solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré”
Salmo 62:2
De manera similar sucedió con Pedro (Mateo 14:22–33). Al salir de la barca y comenzar a caminar sobre las aguas, por un momento, mientras mantenía su mirada en Jesús, consiguió realizar la proeza. Sin embargo, una vez comenzó a desviar su mirada, comenzó a hundirse, y solo cuando levantó su mirada y se volvió a Cristo, no solo fue rescatado de las aguas, sino que además regresó caminando sobre ellas de la mano de Jesús.
Reflexiona por un minuto: Pedro caminando sobre las aguas. Mientras miró a Jesús, caminó, y cuando miró el viento, las olas y la oscuridad, empezó a hundirse. Tomando en cuenta que la tormenta era la misma, lo único que cambió durante esta tormenta fue hacia dónde dirigía la mirada. Jesús, en este punto, no lo regañó por tener miedo; simplemente extendió su mano y dijo: “¿por qué dudaste?”, expresando claramente lo que olvidamos a menudo: “Aquí estoy, aquí he estado siempre”.
Esto es lo que pasa cuando las dificultades hacen su trabajo: nos obligan a dejar de apoyarnos en cosas que se mueven y volver a apoyarnos en lo que nunca se mueve, que ha sido, es y será: Cristo. Porque no importa dónde te apoyes ahora mismo, al final Él es esa roca de la que habla Pablo claramente cuando dice en 1 Corintios 10:4: “la roca era Cristo”.
Entonces, cuando la vida nos sacude, no es que Dios nos haya olvidado o que nos esté castigando; por el contrario, muchas veces es Él mismo diciendo: “Mira hacia dónde estás apoyado, hijo, porque si estás apoyado en algo que yo no soy, tarde o temprano vas a resbalar, pero si permaneces en mí, aunque tiembles, no caerás del todo, porque yo no me muevo”.
Es aquí cuando conviene recordar esa invitación sutil del Salmo 62:8: “Esperad en él en todo tiempo… derramad delante de él vuestro corazón”. No dice: “presentadle una versión bonita y editada de lo que sientes”, dice derramad, vaciando todo: el enojo, el miedo, la decepción, las dudas, las lágrimas que no paran, porque Él es el único lugar donde podemos ser completamente honestos sin que nos rechacen.
Sé que todos hemos tenido momentos en los que no queremos ni orar porque sentimos que nuestras palabras son un desastre, que si abrimos la boca solo saldrían puros reclamos o puro llanto. Sin embargo, cuando finalmente soltamos todo (sin filtro, sin tratar de sonar espiritual), sentimos inmediatamente un alivio inmenso, como si hubiéramos estado cargando una mochila de piedras y de repente la dejáramos caer a los pies de alguien que sí puede llevarla.
“…Sin embargo, cuando finalmente soltamos todo (sin filtro, sin tratar de sonar espiritual), sentimos inmediatamente un alivio inmenso…”
Con esto no te estoy diciendo que las pruebas se vuelven fáciles de repente, porque definitivamente no lo son. Duelen, cansan y en ocasiones duran mucho más de lo que quisiéramos. Sin embargo, cambian de color y saben diferente cuando entendemos que no vinieron a destruirnos, sino a rescatarnos de confiar en cosas que no nos pueden salvar.
Así que hoy, si estás en medio de una de esas tormentas, permíteme decirte algo sencillo: respira hondo, mira hacia arriba y recuerda que la roca no se ha movido. Está justo ahí, con los brazos abiertos, y que, aunque ahora sientas que estás resbalando un poco, Él te sostiene, no porque seas fuerte, sino porque Él es fuerte por ti.
Derrama tu corazón, háblale como le hablarías a un amigo que nunca te abandona. Espera en Él, no porque las cosas vayan a cambiar hoy o mañana, sino porque Él nunca cambia.
Y poco a poco, como le pasó a David, vas a poder decir con más certeza: “En Dios está mi roca fuerte y mi refugio. No resbalaré”.
Selah. Pausa. Descansa ahí un rato.
¿quieres conocer más sobre jesús?
¡Déjanos saber! Llena el siguiente formulario para comunicarnos contigo a la brevedad posible.






