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Decidir obedecer cuando no es cómodo

Para muchos, obedecer es siempre seguir órdenes de alguien más, aunque muchas veces incluso signifique obedecerte a ti mismo, a tus propios compromisos y decisiones sensatas, motivados por la influencia de alguien más. Un día, por ejemplo, decides levantarte temprano para entrenar, estudiar o avanzar en un proyecto, y aunque el cuerpo pida cinco minutos …

Para muchos, obedecer es siempre seguir órdenes de alguien más, aunque muchas veces incluso signifique obedecerte a ti mismo, a tus propios compromisos y decisiones sensatas, motivados por la influencia de alguien más. Un día, por ejemplo, decides levantarte temprano para entrenar, estudiar o avanzar en un proyecto, y aunque el cuerpo pida cinco minutos más en la cama, cumples.

En el trabajo pasa lo mismo: sigues las reglas básicas, llegas a tiempo, entregas lo prometido, respetas los turnos, entre otras cosas. Sin embargo, esto no significa que estás bajo sumisión ciega; se puede decir que es por respeto al equipo de trabajo y hasta por tu propia reputación.

Esto también aplica en las relaciones, cualquiera que sea. Obedecer significa cumplir promesas pequeñas: contestar un mensaje cuando dijiste que lo harías, escuchar sin interrumpir, respetar un límite que el otro puso. Lo que no significa perder libertad; por el contrario, significa construir vínculos sólidos a nuestro alrededor.

Ahora bien, obedecer no siempre es cómodo, porque implica salir de nuestra zona de confort y priorizar lo que sabemos que es correcto sobre lo que sentimos en el momento. Quiere decir que vamos y batallamos en una guerra constante y sin tregua contra el impulso de “hacer lo que me da la gana ahora”.

Y es aquí donde comienza nuestra reflexión: la obediencia a Jesús, que no es una lista de reglas frías, sino una respuesta amorosa al amor que Él nos dio primero.

En el día a día, obedecer suele ser simple, pero no siempre fácil: perdonar cuando aún duele un poco, ser generoso aunque el presupuesto apriete, controlar la lengua en una discusión caliente, priorizar la oración aunque el cansancio tire para otro lado, y así sucesivamente. Cosas simples, pero que en un momento determinado se convierten en verdaderos retos.

Y es que la obediencia tiene una particularidad sobre todas: incomoda al ego y desafía nuestra lógica limitada. En ocasiones duele, porque nos obliga a soltar cosas a las que nos aferramos. Por ejemplo, perdonar a un amigo que te traicionó. No es fácil; duele porque toca el orgullo. El deseo de justicia propia nos invade, pues queremos “nuestra justicia”, olvidando un pequeño detalle: nosotros también hemos sido perdonados.

Ahora bien, la obediencia no elimina el dolor inmediato, aquel que surge de hacer la voluntad de Dios sobre la tuya. Al final del día, no es fácil morir a ti mismo varias veces durante el día. Duele, lo sé, pero de igual manera ten la seguridad de que ese dolor se transforma en crecimiento. La obediencia diaria construye profundidad y fortaleza espiritual, además de gestar esa madurez interior que te permite navegar la vida con serenidad. Obedecer no es rigidez ni castigo; es elegir coherencia en lugar de caos, esa coherencia que te da paz.

Quizás la parte más difícil de obedecer es que siempre te obliga a elegir lo correcto sobre lo fácil o lo que sientes en el momento: ser honesto aunque cueste, priorizar a otros aunque estés agotado, o seguir un camino que Jesús marcó aunque vaya contra tu lógica inmediata. Es una renuncia constante a tu propia voluntad para hacer aquello que fuiste llamado a hacer.

Jesús lo vivió y lo enseñó claramente, no una sino varias veces. Él dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15), y en Getsemaní oró: “No sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Obedeció aunque era profundamente incómodo; obedeció aun con angustia, porque sabía que esa sumisión traía salvación y un propósito mayor.

También lo dijo directo y sin rodeos en Lucas 6:46: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?”. Y puede que hasta parezca un reproche cruel; sin embargo, es una invitación honesta a vivir lo que profesamos. Porque llamar “Señor” es bonito en las canciones y las oraciones, pero Jesús mide el amor real por la obediencia concreta. No pide perfección impecable, sino un corazón dispuesto a actuar, aunque cueste.

…Llamar “Señor” es bonito en las canciones y las oraciones, pero Jesús mide el amor real por la obediencia concreta.

Recuerda que obedecer a Jesús no es cargar con una lista interminable de reglas o, como dice el Pastor Ronald de nuestra iglesia, no es un “to do list”. Por el contrario, es mucho más simple que eso: es elegir, día tras día, caminar de la mano de Aquel que te conoce incluso mejor que tú mismo y que solo quiere lo mejor para ti. Así que hoy, en lo ordinario, elige obedecer.

Mantén además esto presente: a pesar de lo que digan los demás, obedecer es de valientes. Porque, al final, la vida más plena no se encuentra en hacer siempre lo que apetece y pagar las consecuencias de ello a un alto costo, sino en seguir fielmente a Aquel que te amó primero y te lleva cada día, paso a paso, experiencia tras experiencia, momento a momento, segundo a segundo, a ser quien realmente fuiste creado para ser: un hijo de Dios.

¡Dios te bendiga!

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Alejandro Prieto

Alejandro Prieto

Alejandro Prieto forma parte de nuestro equipo de liderazgo y sirve como responsable del área de Primera Impresión, donde junto a su equipo crea un ambiente acogedor y organizado para que cada persona se sienta bienvenida desde el primer momento. Además, dirige el grupo de Hombres Forjados, un ministerio enfocado en formar hombres con identidad, carácter y propósito en Cristo, comprometidos con su familia, su iglesia y su llamado.

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