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Gratitud que transforma

Hay bendiciones que se vuelven tan constantes que, sin darnos cuenta, comenzamos a tratarlas como algo común. Lo cotidiano nos anestesia, y aquello que un día celebrábamos con emoción —un milagro, una puerta abierta, una relación restaurada, una provisión inesperada— empieza a sentirse normal. Pero nada de lo que viene de Dios es ordinario. La Biblia nos recuerda que “toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto” (Santiago 1:17), y cuando esa verdad se nos olvida, dejamos de agradecer y comenzamos a dar por sentado lo que Dios hace.

La gratitud es un acto espiritual que nos devuelve la perspectiva correcta. Agradecer abre los ojos, despierta la fe y mantiene nuestro corazón humilde. Y en esta temporada, Dios nos está llamando a mirar otra vez, a reconocer Su mano en lo que parece pequeño y a valorar lo que quizás hemos dejado de notar.

Cuando agradecemos, crecemos. Cuando agradecemos, adoramos. Cuando agradecemos, recordamos quién es Dios y cuán fiel ha sido.

Cinco cosas que no debemos dar por sentado

La primera es Su presencia. Moisés entendió que sin ella nada tenía sentido, por eso le dijo al Señor: “Si tu presencia no va conmigo, no nos saques de aquí” (Éxodo 33:15). Es fácil acostumbrarnos a sentir a Dios cerca, pero Su compañía constante es un regalo inmenso. Él camina con nosotros incluso en los días donde no lo percibimos.

Tampoco podemos dar por sentado la salvación. El apóstol Pablo vivió recordando que su vida entera dependía de la gracia de Dios. Efesios 2:8-9 nos recuerda que hemos sido salvados “por gracia… no por obras”. Cada día que despertamos libres, perdonados y reconciliados con Dios es motivo suficiente para agradecer sin medida.

La familia y las relaciones también son tesoros que debemos mirar con gratitud. Rut lo entendió cuando decidió permanecer al lado de Noemí, diciendo: “Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios” (Rut 1:16). Dios usa personas para sostenernos, corregirnos, animarnos y revelarnos Su amor. Ningún abrazo, consejo o amistad debería darse por sentado.

Otra bendición silenciosa es la provisión diaria. Dios enseñó a Israel a confiar cuando les dio maná cada mañana (Éxodo 16). No era abundancia acumulada; era fidelidad continua. De la misma manera, cada plato en la mesa, cada empleo, cada oportunidad, cada detalle… todo es evidencia de un Dios que provee justo a tiempo.

Y finalmente, debemos agradecer por la iglesia. En Hechos 2:42 vemos a la iglesia primitiva perseverando en la comunión, la enseñanza y la oración. Tener una familia espiritual como la nuestra —un lugar donde crecer, sanar, servir y encontrar propósito— no es algo pequeño. Es uno de los regalos más grandes que Dios nos ha dado en esta temporada.

Una invitación para el corazón

La gratitud no solo reconoce lo que tenemos; transforma la manera en que vivimos. Nos hace conscientes, nos hace sensibles a la voz de Dios y nos evita caer en la actitud peligrosa de creer que todo lo que tenemos es “normal”.

Hoy es un buen día para detenernos y decir:
“Señor, gracias. Nada de lo que tengo lo doy por sentado.”

Que esta temporada nos encuentre con un corazón despierto, agradecido y consciente de la mano de Dios en cada detalle de nuestra vida.

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